Leonard Cohen, crónica de un concierto 45 años después

 

Hace un año, el 7 de noviembre de 2016, murió el poeta, novelista y cantante canadiense Leonard Cohen, una de las voces más influyentes de la literatura norteamericana del siglo XX y, en palabras de Bob Dylan, “el número 1 de la música” (Dylan se consideraba a sí mismo “el número cero”). Leonard Cohen fue inducido en el Salón de la Fama del Rock and Roll, recibió el Príncipe de Asturias, entre muchos otros premios, y dejó cientos de poemas y canciones

No había sido la mejor de las giras. En Dinamarca, el sonido del concierto había sido tan malo, que varios fans vinieron al final a protestar, y él les ofreció regresarles el valor de los boletos. Los fans, verdaderamente molestos, se quejaron de que los quería estafar con el tipo de cambio. Frecuentemente se metió en discusiones con asistentes a las presentaciones, y los problemas técnicos fueron una constante en los conciertos. Esa segunda gira europea de Leonard Cohen no había sido muy auspiciosa, pero ahora, llegando al final del periplo en Jerusalem, él y su banda esperaban que el cierre compensara todas las dificultades previas.

Sin embargo, a pesar de que en Israel encontraron a un público entregado, que lo adoraba profundamente, las cosas tampoco salieron bien. En Tel Aviv, Leonard y su banda tuvieron que ser rescatados del escenario cuando el público y el personal de seguridad se trenzaron en una batalla campal que no cedió a pesar de las constantes súplicas de Cohen (incluyendo una canción que improvisó ahí mismo para los de seguridad) y de una desesperada interpretación de ‘No nos moverán’ que no pudo ser concluida porque el pleito entre “los hombres de naranja” y los asistentes al concierto alcanzó proporciones mayúsculas. El audio de esa presentación revela a un Cohen cantando casi a gritos mientras se escuchan los silbidos, las exclamaciones, y luego la gente que invade el escenario, los músicos que desconectan apuradamente sus instrumentos y salen corriendo, mientras él todavía hace un último intento de calmar los ánimos, pero ya nadie lo escucha porque se ha impuesto el caos, y todo es golpes y confusión.

Así, cuando llegó a Jerusalén, la última fecha de esa gira que había incluido 20 ciudades en 32 días, la emoción de conocer los lugares más sagrados del judaísmo se combinó con el miedo de que esa velada otra vez pasara algo negativo. Con los nervios de punta, Cohen tomó el escenario solo para darse cuenta de que esa tampoco sería su noche. Unos rollos de cinta perdidos en 1974 y redescubiertos en 2010 revelan las dificultades del músico quebequense: cuando empieza a cantar ‘Bird on a wire’ el público espontáneamente estalla en ovación, y él se detiene, bromea sobre el sobresalto que le causan los aplausos, confiesa que está muy nervioso, y comienza a hacer tiempo hablando, filosofando, alargando el momento de acometer la tonada de nuevo:

 

“Espero que me tengan paciencia. Estas canciones se vuelven meditaciones para mí y a veces, saben, simplemente no me conecto con ellas y siento que los estoy engañando. Voy a intentarlo de nuevo. Si no funciona, voy a parar a la mitad. No hay razón para mutilar una canción simplemente para quedar bien”.  

Comienza a tocar la guitarra, pero se equivoca de canción, en vez de ‘Bird on a wire’ empieza a tocar ‘One of us cannot be wrong’, y aunque el público aplaude, él se detiene al segundo verso, ya francamente desconcentrado. Más bromas sobre el susto que le provocan los aplausos en ese momento, más bla bla, hasta que definitivamente confiesa:

“Miren, si esto no mejora, simplemente vamos a terminar el concierto y les devolvemos la plata. En verdad siento que los estamos engañando esta noche. Algunas noches, uno está flotando, elevado del suelo, y otras noches simplemente no te puedes levantar del piso. Y no hay razón para mentir sobre ello. Hoy no nos podemos levantar del piso”. Luego hace unas referencias a la Kabbalah, que el público recibe con risas y una ovación, pero la arenga no va a un final feliz: “Dice la Kabbalah que, a menos que Adán y Eva se miren mutuamente, Dios no se sienta en su trono, y de alguna manera mis partes masculina y femenina se rehusan a encontrarse esta noche, y Dios no se sienta en su trono. Y es terrible que una cosa así te pase en Jerusalem. Así que miren, vamos a dejar el escenario ahora y a tratar de meditar profundamente en el camerino para recuperar la forma”. 

El público, amoroso y entregado, lo ovaciona de nuevo, y mientras en el camerino hay crisis y Leonard discute con su manager que no puede volver al escenario, que no siente que esa sea su noche, la gente afuera canta “Te hemos traído la paz”, una canción tradicional judía, animándolo a regresar: 

Havenu shalom alechem

Havenu shalom alechem

Havenu shalom alechem

Havenu shalom, shalom, shalom alechem

En el camerino, Leonard decide de pronto que quiere rasurarse, y mientras busca una navaja en el estuche de su guitarra, encuentra un paquete con papelitos de LSD. “¿Qué les parece si probamos un poco?”, pregunta a la banda, y ellos aprueban. “Como si fuera la eucaristía”, dirá años después, “abrí el sobrecito y le di una pequeña porción a cada miembro de la banda”. Luego se rasura, se fuma con calma un cigarro, y vuelve al escenario cuando el ácido comienza a hacer efecto.

Si bien Leonard contó al periodista David Remnick (en un extraordinario perfil publicado en el New Yorker tres semanas antes de su muerte) que esa noche en Jerusalem él salió directamente a cantar ‘So long, Marianne’, las cintas grabadas en aquel entonces parecen contradecirlo: la banda sale al escenario mientras el público corea “Havenu shalom alechem” y cantan primero ‘Hey, that’s no way to say goodbye’ y después ‘So long, Marianne’, dedicada a Marianne Ihlen, su gran musa, la mujer con la que vivió por 8 años en la isla de Hydra, en el Mar Egeo, y que lo inspiró a escribir muchos poemas y canciones.

We met when we were almost young

Deep in the green lilac park

You held on to me like I was a crucifix

As we went kneeling through the dark

Now, so long, Marianne

It’s time that we began 

to laugh, and cry, and cry, and laugh about it all again

La canción sale perfecta, pero durante la interpretación, ya bajo el efecto del ácido y con la carga de las emociones que el recuerdo de Marianne le trae, y de todo lo vivido en ese largo mes de gira, algo pasa en la cabeza de Cohen y tiene una visión:

“Entonces salgo al escenario con la banda y comienzo a cantar ‘So long, Marianne’. Y veo a Marianne justo frente a mí y comienzo a llorar. Volteo a ver a la banda y todos están llorando. Y entonces esto se convierte en algo que en retrospectiva es bastante cómico: ¡todo el público se había convertido en un solo judío!  Y este judío estaba diciendo, ‘¿qué más tienes para mostrarme, muchacho? He visto muchas cosas, y esto no me hace ni cosquillas’. Y esto era toda la parte escéptica de nuestra tradición, no solo aquella sobre la que se ha escrito ampliamente, sino ahora manifestada en un ser gigantesco real. Decir que me estaban juzgando con dureza es decir poco. Era un sentido de invalidación y de irrelevancia que sentí que era auténtico, porque esos sentimientos siempre han circulado por mi psique: ¿Desde dónde te paras para hablar? ¿Para qué y para quién? ¿Y qué tan profunda es tu experiencia? ¿Qué tan significativo es aquello que tienes para decir?… Creo que esto realmente me invitó a profundizar mi práctica. Ir más hondo, en lo que sea que eso fuera, tomarlo con más seriedad”.

Termina ‘So long, Marianne’, y Cohen se descuelga la guitarra y nuevamente abandona el escenario. En el camerino, todos los miembros de la banda están abrazados, llorando. Leonard es un torrente de lágrimas, avasallado por las emociones, por la aparición de Marianne, por la súbita perspectiva del artista que de pronto es consciente de su propia pequeñez. El manager y los organizadores del concierto le ruegan que vuelva al escenario, pero él ya no puede más. Está viajando muy lejos en el ácido, está sobrepasado por los sentimientos, está llorando por Marianne, por él, por el gran momento de claridad que acaba de tener, por su necesidad de redención como artista y como humano.

“La gente no quiere su dinero, no se quiere ir, te quieren a ti”, le insiste el manager, pero Cohen ya no puede, llorando dice que no puede hacer una canción más. La gente aplaude y canta afuera, mientras en el camerino la discusión se prolonga por varios minutos. “Si quieres salir a cantar, o solamente a hablar…” le dice el manager, pero Cohen no quiere saber nada, solo pide que lo dejen llorar en paz. Finalmente lo convencen de salir a hablar con el público, y regresa entre aplausos solo para decir: “Escuchen, gente. Mi banda y yo estamos todos llorando atrás del escenario, estamos demasiado rotos como para continuar, así que solo salí para decirles gracias, y buenas noches”. 

De vuelta en el camerino, fumando un cigarrillo tras otro, el ambiente es pesado. “Esto parece una morgue”, bromea Cohen. Mientras la gente comienza poco a poco a abandonar el lugar, Leonard y su banda se dan cuenta de que solo hay una manera de empezar a sanar esa noche, así que toma la guitarra y comienza a cantar ‘Bird on a wire’:

Like a bird on a wire

Like a drunk in an old midnight choir

I have tried, in my way, to be free

Las coristas se le unen, y para la segunda parte de la canción, el tecladista Bob Johnston se hace de la voz y le canta directamente a Cohen desde la conexión profunda de dos músicos que se entienden y que además están en ácido. Su voz y la expresión de su cuerpo son una manifestación total de cariño hacia Leonard, y con cada verso lo va desarmando y poco a poco le devuelve la sonrisa:

Like a baby stillborn, like a beast with his horn

Don’t you know I’ve torn everyone who reached out for me

(Come on, reach out for me!)

But I swear, I swear by this song

I swear by all that I have done wrong

I will, don’t you know, I will make it up to you

Y así, con este segundo concierto de la noche que ocurre en privado, los músicos encuentran redención y la gira llega verdaderamente a su fin, ya no marcada por el caos en Tel Aviv, ni por el aparente fracaso de esa noche en Jerusalén, sino por la comunión final del grupo a través de la poesía y el amor desbordado. Quizá para el público fue una probada demasiado breve de Cohen, pero también se llevaron la interpretación más honesta que podrían haber esperado del cantautor, así que cuando finalmente salen del camerino y van camino al autobús que los va a llevar al hotel, la gente que se ha congregado a la salida los despide con cariño. Leonard va cohibido, sin soltar su cigarro, mientras la gente lo abraza, lo besa, trata de tocarlo, le agradecen. En el bus, Leonard se sienta en el pasillo, escondiéndose de las miradas curiosas que se asoman por las ventanas. Fuma. Lo acomete de nuevo un ataque de llanto, esconde la cabeza entre las piernas cruzadas. Vendrán muchas giras más, le quedan por delante cuatro décadas de conciertos, discos, libros, premios, homenajes, pero en ese momento, en ese presente, él y sus músicos han vivido la noche más bella de sus vidas.

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